¿Por qué nos llamamos Chapines?

5 Datos sorprendentes sobre el origen de la palabra «Chapín» que probablemente no conocías

¿Con qué orgullo te identificas como «chapín» o «chapina»? Este término resuena en el corazón de la identidad guatemalteca, un apodo que se lleva con cariño dentro y fuera de las fronteras del país. Sin embargo, aunque la palabra es un símbolo de identidad nacional, pocos conocen su sorprendente y curioso origen. La mayoría lo usa con orgullo, pero desconoce el fascinante viaje que ha recorrido.

Este artículo se propone desvelar la travesía de la palabra «chapín», desde su uso como un objeto de moda en la España del siglo XV hasta convertirse en el gentilicio popular de Guatemala. A continuación, exploraremos en cinco datos inesperados cómo un zapato ruidoso se transformó en un insulto colonial y, finalmente, en un emblema de orgullo nacional forjado por la literatura.

1. Todo empezó con un zapato de plataforma (y muy ruidoso)

El término «chapín» no se refería originalmente a una persona, sino a un calzado femenino de plataforma. Aunque se convirtió en un sello distintivo de la nobleza española del siglo XV, este tipo de zapato elevado tenía precedentes antiguos, como el coturno griego o las sculponeae romanas, y sus orígenes podrían rastrearse hasta influencias turcas o árabes.

De hecho, el zapato chapín fue la más importante aportación peninsular a una tendencia que recorría toda Europa. Tenía primos cercanos como las pianelle en Italia y los chopines en Francia, lo que demuestra su popularidad continental. Su propósito era doble: en el exterior, su elevada suela de corcho o madera —que podía alcanzar hasta 50 cm— protegía los costosos vestidos del lodo; en los entornos cortesanos de interior, permitía usar vestidos más largos y ostentosos, un claro símbolo de estatus. Curiosamente, mientras en España el chapín solía quedar visible, en Italia y Francia los vestidos tendían a ocultarlo.

Su propio nombre es una pieza de historia lingüística. Es una onomatopeya derivada del distintivo sonido «chap, chap, chap» que producían las suelas al golpear las calles empedradas, un ruido que anunciaba la llegada de quien los portaba.

2. Antes de ser un orgullo, fue un insulto

Con la colonización, los chapines cruzaron el Atlántico y llegaron a Santiago de Guatemala. Sin embargo, las calles irregulares de la ciudad colonial hacían que caminar con estas plataformas fuera una proeza torpe y ruidosa. La población local, observando esta dificultad, comenzó a usar la palabra «chapín» de forma despectiva para burlarse de los españoles.

Este apodo formaba parte de una familia de insultos contra los peninsulares. Según historiadores como Francisco Pérez de Antón, «chapín» se convirtió en sinónimo de «chapetón» (un término para los recién llegados) y del más conocido «gachupín». Este último derivaba del apellido español «Cachopines» y se usaba en México y Centroamérica para mofarse de la arrogancia y prepotencia de los españoles nacidos en Europa.

Aquí es donde la historia da un giro fundamental. Tras la Independencia, a medida que los españoles abandonaban el país, los criollos locales se reapropiaron del término. «Chapín» y «gachupín» se convirtieron en antónimos: mientras «gachupín» siguió designando al español que se fue, «chapín» fue adoptado con orgullo por los nuevos guatemaltecos para afirmar su propia identidad.

3. Un escritor famoso creó al «Chapín» definitivo

Aunque no inventó la palabra, el escritor José Milla y Vidaurre (1822-1882) fue el arquitecto literario que cimentó el significado moderno de «chapín». Su proceso creativo fue deliberado: primero, a partir de 1861, comenzó a esbozar el arquetipo del guatemalteco en sus Cuadros de costumbres. Trece años más tarde, en 1874, cristalizó esta figura en el personaje «Juan Chapín» dentro de su novela Un viaje al otro mundo pasando por otras partes.

Este personaje, un alter ego del propio Milla, representaba al guatemalteco medio de su época. Fue en Cuadros de costumbres donde Milla ofreció la descripción que definiría al arquetipo para la posteridad, mezclando con humor y afecto sus virtudes y defectos:

«El chapín es un conjunto de buenas cualidades y defectos…. Es hospitalario, servicial, piadoso, inteligente; y si bien por lo general no está dotado del talento de la iniciativa, es singularmente apto para imitar lo que otros hayan inventado… Es apático y costumbrero; no concurre a las citas, y si lo hace, es siempre tarde; se ocupa de los negocios ajenos un poco más de lo que fuera necesario y tiene una asombrosa facilidad para encontrar el lado ridículo a los hombres y a las cosas”.

Gracias a la inmensa popularidad de la obra de Milla, este retrato se grabó en el imaginario colectivo, transformando definitivamente un apodo en un gentilicio lleno de carácter.

4. El «Chapín» original prefería los tamales al roastbeef

La descripción de José Milla no solo perfiló el carácter, sino también el espíritu cultural del arquetipo chapín. En un pasaje memorable, Milla subraya un patriotismo profundo, manifestado en su apego incondicional a las tradiciones y sabores locales frente a las influencias extranjeras que comenzaban a llegar.

Este patriotismo culinario y cultural queda perfectamente retratado en la siguiente cita:

«Para él, Guatemala es mejor que París; no cambiaría el chocolate por el té ni por el café (en lo cual tal vez tiene razón). Le gustan más los tamales que el volován, y prefiere un plato de pepián al más suculento roastbeef”.

Esta descripción resalta un rasgo clave que sigue vigente en la identidad chapina: un profundo amor por lo propio. Milla añade que el chapín prefiere los «sonecitos de Pascua» a las «óperas de Verdi», subrayando un apego a la cultura local que trascendía la comida. Este arquetipo literario nos muestra a una persona que, con sencillez y convicción, encuentra el máximo valor en sus raíces.

5. La huella del «Chapín» se extiende fuera de Guatemala

Mucho antes de que su nombre se asociara exclusivamente con Guatemala, la popularidad del calzado original fue tal que dejó una huella permanente en la geografía del mundo hispanohablante. Estos topónimos son un testamento de la importancia que tuvo aquel zapato ruidoso.

Aquí dos ejemplos curiosos:

  • Chapinero, Colombia: Este conocido y vibrante sector de Bogotá debe su nombre a un zapatero español del siglo XVII llamado Antón Hero Cepeda. Su fama como fabricante de chapines fue tan grande que su taller terminó por dar nombre a toda la zona.
  • Chapinería, España: Este municipio, ubicado en la Comunidad de Madrid, lleva un nombre que no deja lugar a dudas. La tradición sostiene que la localidad era un centro especializado en la producción de chapines, el lugar donde se fabricaban en masa estos singulares zapatos.

Estos lugares son la prueba viviente de que, antes de convertirse en el gentilicio de un pueblo, el «chapín» caminó, ruidosamente, por gran parte del mundo de habla hispana.